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Economía

Lima se empobrece en silencio

Mientras el Gobierno celebra una ligera reducción de la pobreza monetaria, el nuevo informe del INEI revela una recuperación frágil, desigual y profundamente urbana: Lima sigue muy por debajo de sus niveles prepandemia y los hogares urbanos enfrentan un costo de vida cada vez más difícil de sostener.

El país cambió, pero la política sigue mirando al pasado.

Por años, la pobreza en el Perú fue contada desde el mundo rural. Las imágenes recurrentes mostraban comunidades andinas, viviendas sin agua potable o familias campesinas afectadas por la desnutrición. Pero el último informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) sugiere que el mapa de la precariedad peruana está cambiando silenciosamente.

La pobreza monetaria disminuyó ligeramente en 2025, periodo en el que alcanzó al 25,7% de la población nacional. Esto representa una reducción de 1,9 puntos porcentuales frente al 27,6% registrado en 2024.

Sin embargo, detrás de esa reducción estadística se esconde un fenómeno mucho más profundo y menos discutido: el deterioro persistente de las economías urbanas, especialmente en Lima Metropolitana.

El problema no es solo cuántos pobres tiene hoy el Perú. El problema es que millones de personas que habían logrado salir de la pobreza antes de la pandemia no han conseguido recuperar su nivel de vida.

Y eso ocurre precisamente en las ciudades donde supuestamente se concentra la recuperación económica.

Javier Herrera, profesor visitante en el Departamento de Economía de la PUCP, advirtió que los resultados del informe del INEI confirman y agravan una tendencia ya manifiesta desde el 2016: la pobreza en la capital crece a un ritmo acelerado, mayor que en el resto del país.

Solo al 2023, la pobreza en Lima se había prácticamente triplicado en 7 años, pasando de 11% en 2016 a 28,7% en 2023 y duplicado desde la prepandemia (2019).

La recuperación que no llegó a Lima

Uno de los datos más reveladores del informe “Evolución de la pobreza monetaria 2016-2025”, del INEI es que el gasto real per cápita en Lima Metropolitana y Callao sigue 16,2% por debajo de los niveles de 2019.

Es decir, incluso después de la reapertura económica, del rebote del PBI y de la recuperación del empleo, los limeños todavía consumen mucho menos que antes de la pandemia.

El hallazgo contradice el discurso oficial que suele asociar la pobreza únicamente con las zonas rurales.

De hecho, el informe muestra que algunas áreas rurales ya superaron sus niveles prepandemia:

  • Sierra rural: +9,6%
  • Selva rural: +12,5%

Mientras tanto, Lima continúa rezagada.

La cifra es todavía más preocupante porque Lima concentra el empleo formal, los servicios, el crédito y buena parte de la clase media peruana.

La pregunta inevitable es: ¿Cómo puede hablarse de recuperación económica cuando la capital del país sigue consumiendo menos que hace seis años?

La nueva pobreza urbana

La crisis actual ya no se parece a la pobreza tradicional de los años noventa.

Hoy el deterioro aparece en hogares que todavía conservan empleo, acceso a servicios o incluso educación superior, pero que han perdido capacidad de compra.

El informe del INEI muestra que todos los deciles de gasto continúan por debajo de sus niveles prepandemia. Incluso el décimo decil —los hogares de mayores ingresos— registra una caída de 11,8% respecto a 2019.

En Lima, el panorama es aún más severo: todos los grupos sociales muestran retrocesos superiores al 12%.

Esto significa que el problema no afecta solamente a los hogares pobres.

También golpea a sectores medios que antes podían sostener:

  • alquileres,
  • transporte,
  • educación privada,
  • alimentación fuera del hogar,
  • crédito de consumo,
  • y pequeños márgenes de ahorro.

Hoy muchos de esos hogares sobreviven ajustando gastos, endeudándose o reduciendo consumo esencial.

El costo de vivir en la ciudad

Otro de los cambios más importantes detectados por el INEI es la transformación de la estructura del gasto familiar.

El rubro que más peso ganó en la economía doméstica fue el vinculado a vivienda y servicios:

  • alojamiento,
  • agua,
  • electricidad,
  • gas,
  • combustibles.

Actualmente representan más del 21% del gasto promedio mensual.

La presión del costo de vida urbano aparece así como uno de los factores centrales del empobrecimiento silencioso.

La paradoja peruana es evidente. El país puede mostrar estabilidad macroeconómica mientras millones de hogares urbanos sienten que cada vez les alcanza menos.

Al respecto, Javier Herrera, señaló que al incremento de los hogares cuyos gastos totales no alcanzan a cubrir la canasta de alimentos se agregan aquellos que, teniendo mayores recursos, tienen que sacrificar gastos en alimentos para pagar el alquiler, la luz, el agua, el transporte, salud, gastos indispensables sin los cuales no se pueden procurar ingresos.

“Al sacrificar el gasto en alimentos, muchos de esos hogares tampoco logran cubrir sus necesidades, ya no solamente de calidad de alimentación, sino también sus requerimientos en calorías, esenciales a su salud y actividades cotidianas, incluyendo el trabajar”, subrayó el especialista miembro de comisiones consultivas sobre pobreza en el INEI.

El país cambió, pero la política sigue mirando al pasado

El propio informe del INEI reconoce que los patrones de consumo del Perú han cambiado profundamente.

La institución admite que necesita actualizar:

  • la metodología de pobreza,
  • la canasta básica,
  • los patrones de consumo,
  • los bienes durables,
  • y hasta la manera de calcular alquileres.

En otras palabras: el Estado todavía mide la pobreza con herramientas diseñadas para un país que ya no existe.

La transformación del Perú urbano ocurrió más rápido que la capacidad estatal para entenderla.

Y mientras las estadísticas oficiales celebran pequeñas reducciones anuales, el deterioro de la clase media urbana continúa avanzando.

Un aspecto que amerita especial atención, advierte Javier Herrera, es que los programas sociales implementados desde el 2005 fueron diseñados para combatir la pobreza rural, en particular la pobreza extrema (que por entonces eran de 83,5% y 41,6%).

Añadió que, al considerarse únicamente la proporción y no el número absoluto de pobres urbanos (que ya superaban al de los pobres rurales), la pobreza urbana quedó fuera del radar de las políticas públicas.

“Aun hoy, no se dispone de una estrategia adaptada a las formas específicas que reviste la pobreza en las ciudades ni tampoco los instrumentos de focalización. Eso quedó en evidencia en 2020 con la distribución de los bonos a la población urbana en el momento de la pandemia. No se ha aprendido de las experiencias y se ha continuado con un piloto automático (en un carro sin chofer) que nos conduce directamente contra una pared”, criticó el también director de investigación en el Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia.

La vulnerabilidad como nueva norma

El gran problema de la economía peruana ya no es únicamente la pobreza extrema.

El problema es la vulnerabilidad permanente.

Millones de personas viven apenas unos pasos por encima de la línea de pobreza y pueden volver a caer ante:

  • una enfermedad,
  • la pérdida del empleo,
  • el aumento del alquiler,
  • o el encarecimiento de alimentos y transporte.

La pandemia destruyó el principal activo de las familias urbanas: su capacidad de resistir shocks económicos.

Y seis años después, esa capacidad todavía no se recupera.

Un crecimiento que no alcanza

El informe del INEI termina mostrando algo incómodo para el relato económico peruano.

El crecimiento por sí solo ya no está garantizando bienestar.

El Perú puede exhibir estabilidad monetaria y al mismo tiempo producir una sociedad más frágil, más endeudada y con menor capacidad de consumo.

La pobreza disminuye lentamente en las estadísticas.

Pero en las ciudades —donde viven la mayoría de peruanos— la sensación dominante sigue siendo otra: trabajar más para llegar a menos.

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