Una vez más, la SUNAT tiene un nuevo liderazgo. Como ha ocurrido en otras oportunidades, el cambio genera expectativas, pero también una pregunta inevitable: ¿cambiará únicamente la persona que dirige la institución o cambiará también la forma de administrar los impuestos?
El Perú no necesita solamente un nuevo Superintendente. Necesita una nueva visión de administración tributaria.
El problema de la SUNAT no ha sido únicamente la rotación de sus autoridades, sino la pérdida progresiva de institucionalidad, autonomía y una visión moderna sobre cómo debe gestionarse el sistema tributario. Más que un relevo en la dirección, el país requiere recuperar el prestigio de una de sus instituciones más importantes mediante una estrategia de largo plazo.
En los últimos años, la SUNAT ha fortalecido sus capacidades tecnológicas y el acceso a información. Hoy dispone de un volumen de datos sin precedentes sobre las operaciones de los contribuyentes. Sin embargo, esa ventaja no siempre se ha traducido en una mejor gestión del cumplimiento. Con frecuencia, la información ha servido principalmente para intensificar controles, requerimientos, fiscalizaciones y sanciones, en lugar de utilizarse para facilitar el cumplimiento voluntario, prevenir errores y reducir los costos de cumplimiento de quienes desean actuar correctamente.
Las administraciones tributarias más avanzadas han entendido que su éxito no se mide por el número de auditorías realizadas ni por el monto de los reparos o sanciones, sino por su capacidad para lograr que los contribuyentes cumplan correctamente desde el inicio. Ese objetivo exige una gestión basada en el análisis inteligente de riesgos, la segmentación de contribuyentes, el uso estratégico de la información y la construcción de relaciones de confianza.
Este enfoque no implica reducir el control ni debilitar la lucha contra la evasión y el fraude. Por el contrario, permite hacerla más eficaz al concentrar los recursos en los contribuyentes y operaciones de mayor riesgo, mientras se facilita el cumplimiento de quienes representan un bajo riesgo fiscal y actúan de buena fe.
La SUNAT cuenta con profesionales altamente calificados y con una infraestructura tecnológica que le permitiría dar ese salto. Lo que se necesita es una conducción institucional que convierta estos principios en el eje de su estrategia.
Pero esta transformación exige mucho más que una nueva estrategia. Requiere recuperar la institucionalidad.
Las instituciones sólidas no dependen de una persona. Se construyen sobre reglas claras, objetivos de largo plazo, equipos técnicos altamente calificados y una cultura organizacional basada en la excelencia. Durante muchos años, la SUNAT fue reconocida como una de las administraciones tributarias más prestigiosas de América Latina gracias a la calidad de sus profesionales, la estabilidad de sus equipos y una mística institucional que generaba orgullo de servir al país.
Es momento de reconstruir esa cultura institucional, fortaleciendo el profesionalismo, el sentido de servicio público, el compromiso con el país y el orgullo de pertenecer a una entidad cuya misión trasciende la recaudación. La motivación de sus trabajadores no debe descansar únicamente en el cumplimiento de metas, sino en la convicción de contribuir a fortalecer el Estado, promover la formalización, garantizar la equidad tributaria y favorecer el crecimiento económico.
En ese proceso, la ética debe recuperar un lugar central. La objetividad, la transparencia, la imparcialidad y el respeto por los derechos de los contribuyentes constituyen la base de la legitimidad de cualquier administración tributaria. Una institución que actúa con integridad genera mayor confianza, reduce la conflictividad y fortalece el cumplimiento voluntario.
La responsabilidad del nuevo Superintendente, por ello, trasciende su propia gestión. Deberá conformar un equipo directivo de primer nivel, integrado por profesionales con solvencia técnica, independencia de criterio, liderazgo y compromiso con la modernización institucional. Ninguna transformación profunda puede sostenerse sin un equipo cohesionado que comparta una visión de largo plazo.
Sin embargo, incluso el mejor equipo encontrará límites si no se fortalece la autonomía institucional de la SUNAT.
Una administración tributaria moderna necesita estabilidad para planificar, capacidad para atraer y retener talento, independencia técnica para adoptar decisiones basadas en criterios profesionales y recursos suficientes para invertir en tecnología, innovación y capacitación. La autonomía no significa ausencia de control, sino contar con las condiciones necesarias para ejercer sus funciones con profesionalismo, transparencia y rendición de cuentas, protegida de presiones coyunturales que comprometan la continuidad de sus políticas.
El Perú necesita una SUNAT que recaude mejor, no simplemente que recaude más.
Necesita una institución que fortalezca la seguridad jurídica, reduzca la litigiosidad innecesaria, simplifique el cumplimiento tributario, promueva relaciones cooperativas con los contribuyentes y utilice la información para prevenir los incumplimientos antes que para sancionarlos. Una administración que concentre sus esfuerzos en los verdaderos riesgos fiscales y facilite el cumplimiento de la mayoría de ciudadanos y empresas que desean cumplir con sus obligaciones.
La recaudación sostenible no depende únicamente de mayores controles. Depende de instituciones confiables, reglas estables, actuaciones previsibles y un entorno que incentive la formalidad, la inversión y el crecimiento económico.
El reciente cambio de liderazgo representa una nueva oportunidad. Ojalá no sea solo un cambio de nombres, sino el inicio de una transformación profunda en la forma de entender la administración tributaria.
Recuperar la institucionalidad, la autonomía, la meritocracia, la ética y la mística de la SUNAT es tan importante como continuar modernizando sus sistemas tecnológicos. Porque las mejores administraciones tributarias no son las que inspiran temor, sino las que generan confianza, promueven el cumplimiento voluntario y contribuyen activamente al desarrollo, la competitividad y el bienestar de sus países.
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