El título universitario ya no garantiza una incorporación rápida al mercado laboral. Esa es una de las señales que deja el nuevo escenario laboral internacional y que encuentra un reflejo particular en el Perú, donde los jóvenes afrontan tasas de desempleo significativamente superiores a las de los trabajadores de mayor edad.
La OCDE, en su Employment Outlook 2026, advierte que los jóvenes que ingresan al mercado laboral se han vuelto progresivamente más vulnerables al desempleo frente al conjunto de la población en edad de trabajar. El fenómeno es particularmente visible entre quienes cuentan con educación universitaria: en todos los países analizados por el organismo, la brecha de desempleo entre los jóvenes graduados y la población en edad de trabajar viene aumentando desde antes de la pandemia.
El hallazgo resulta relevante porque desmonta una explicación que podría atribuir exclusivamente esta situación a la reciente expansión de la inteligencia artificial (IA). El informe señala que la evidencia disponible todavía apunta a un papel limitado de los grandes modelos de lenguaje en las dificultades que enfrentan los jóvenes al ingresar al mercado laboral. En cambio, pesan más el debilitamiento reciente de las condiciones laborales y los cambios de largo plazo en la demanda de competencias.
Perú: juventud con una desventaja laboral
El caso peruano presenta características propias, pero los indicadores nacionales muestran que el problema de la inserción laboral juvenil es significativo.
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en 2025 la tasa de desempleo nacional fue de 6,3% entre las personas con educación superior universitaria. Esta proporción fue considerablemente mayor que la registrada entre quienes tenían educación primaria o menor nivel educativo, que llegó a 2,6%. Entre quienes contaban con secundaria, la tasa fue de 5,1%.
La diferencia también aparece cuando se observa la edad. En el cuarto trimestre de 2025, el desempleo alcanzó al 9,4% de los jóvenes de 14 a 24 años, frente al 3,5% entre las personas de 25 a 44 años y al 2,4% entre quienes tenían 45 años o más.
La fotografía del primer trimestre de 2026 mantiene esa brecha. El INEI reportó una tasa de desempleo de 9,6% para los jóvenes de 14 a 24 años, frente a 5% entre los trabajadores de 25 a 44 años y 3,4% entre los mayores de 45 años. Al mismo tiempo, la tasa de desempleo de quienes tenían educación superior universitaria fue de 7,6%.
Los datos peruanos no permiten afirmar que los jóvenes universitarios tengan una tasa de desempleo superior a la de todos los demás grupos educativos bajo exactamente la misma definición utilizada por la OCDE para “jóvenes graduados”. Sin embargo, sí muestran dos hechos simultáneos: la juventud enfrenta una mayor probabilidad de desempleo y la población con educación universitaria mantiene una tasa de desempleo relativamente elevada.
El problema no es solamente encontrar trabajo
La dificultad para los jóvenes peruanos no se reduce a la tasa de desempleo. El problema también está en la calidad y formalidad de las oportunidades disponibles.
La OCDE señala que el mercado laboral peruano se caracteriza por una elevada informalidad. En 2024, alrededor de 71% de los trabajadores se encontraba en la informalidad. Además, entre los jóvenes de 15 a 24 años la tasa de informalidad llegó a 85%, de acuerdo con el análisis de la organización.
Esto genera una paradoja para quienes terminan una carrera: obtener mayor nivel educativo mejora potencialmente sus oportunidades de acceder a empleos de mayor productividad y remuneración, pero no elimina las dificultades de entrada al mercado laboral.
De hecho, los datos de Education at a Glance 2025 muestran que la educación terciaria continúa teniendo un retorno económico importante en Perú. Los trabajadores con educación terciaria presentan, en promedio, una ventaja salarial de 67% frente a quienes cuentan con educación secundaria, por encima del diferencial promedio de 54% observado en la OCDE.
La educación, por tanto, sigue siendo rentable. El desafío está en la transición entre estudiar y conseguir un empleo que permita aprovechar esa formación.
El primer empleo se vuelve el cuello de botella
La OCDE encuentra una explicación adicional en la experiencia laboral. Cuando las empresas enfrentan un entorno económico menos favorable, tienden a reducir especialmente la contratación de puestos de entrada, precisamente aquellos que requieren poca experiencia. Esto afecta de manera desproporcionada a quienes recién terminan sus estudios.
El problema puede agravarse cuando la estructura productiva cambia más rápido que las competencias disponibles. La digitalización, la automatización, la inteligencia artificial y la transición hacia nuevas actividades modifican la demanda de capacidades, pero los sistemas educativos no necesariamente se adaptan al mismo ritmo.
El informe de la OCDE muestra que la educación formal sigue siendo un predictor importante del empleo y los salarios, pero su influencia se ha debilitado durante la última década. Al mismo tiempo, las competencias específicas y la capacitación no formal adquieren mayor importancia. La organización encuentra una asociación positiva entre capacitación y salarios, especialmente cuando esta formación está vinculada con liderazgo, trabajo en equipo y gestión de proyectos.
Para Perú, esta discusión es especialmente relevante. La OCDE señala que solo alrededor de 2% de los jóvenes de 15 a 24 años participa en educación y formación profesional, frente a 15% en promedio en la OCDE.
Más educación, pero también mayor exigencia
El mercado laboral peruano enfrenta así un doble desafío. Por un lado, necesita absorber a una población joven que cada vez busca mayores niveles de formación. Por otro, debe generar puestos que demanden y remuneren esas nuevas capacidades.
La propia OCDE ya había advertido que Perú tiene dificultades para absorber grupos de jóvenes cada vez más educados y que cerca de uno de cada cinco jóvenes de 15 a 29 años no trabaja, estudia ni recibe formación.
En 2023, la proporción de jóvenes en esta condición —conocida como población NINI— era de aproximadamente 23% según el análisis más reciente de la OCDE sobre Perú, frente a 13% en promedio entre los países de la organización.
La consecuencia económica va más allá del desempleo coyuntural. Una incorporación tardía al mercado laboral puede significar menor acumulación de experiencia, períodos prolongados de informalidad y una menor capacidad para aprovechar el retorno económico de la educación superior.
La IA no es todavía la explicación principal
El debate sobre inteligencia artificial añade una nueva capa de incertidumbre. Los jóvenes profesionales suelen concentrarse precisamente en actividades administrativas, profesionales, técnicas y de información que pueden experimentar transformaciones asociadas a los modelos de lenguaje.
Sin embargo, la evidencia presentada por la OCDE aconseja evitar conclusiones apresuradas. En Estados Unidos, por ejemplo, las ofertas laborales para posiciones junior en ocupaciones con alta exposición a modelos de lenguaje no muestran una caída desproporcionada que pueda atribuirse directamente a la llegada de estas tecnologías. El informe encuentra que esas contrataciones son especialmente sensibles a los ciclos económicos.
La advertencia es importante para Perú: el desafío inmediato para los jóvenes no parece ser que la IA esté eliminando masivamente sus empleos, sino que están entrando a un mercado que exige experiencia, competencias actualizadas y adaptación tecnológica al mismo tiempo que reduce las oportunidades de entrada cuando la actividad económica pierde dinamismo.
El reto para Perú
El país enfrenta, por tanto, un problema de transición. No basta con aumentar el número de jóvenes que acceden a la universidad si la economía no genera suficientes empleos formales y productivos capaces de absorber ese capital humano.
Los datos del INEI muestran que en 2025 la tasa de desempleo de quienes tenían educación universitaria fue de 6,3%, frente a 5,1% entre quienes tenían secundaria y 2,6% entre aquellos con primaria o menor nivel educativo. En el primer trimestre de 2026, la tasa universitaria se ubicó en 7,6%.
El reto consiste entonces en conectar mejor universidad, formación continua y demanda empresarial. Para una economía como la peruana, donde la informalidad continúa siendo dominante, la discusión sobre el futuro del empleo juvenil no debería centrarse únicamente en cuántos jóvenes tienen un título profesional, sino en cuántos consiguen utilizarlo en empleos formales, productivos y con posibilidades de desarrollo.
La advertencia internacional es clara: el título universitario sigue teniendo valor económico, pero la puerta de entrada al mercado laboral se está volviendo más estrecha para las nuevas generaciones. Y en Perú, donde la informalidad y las brechas de formación siguen siendo elevadas, esa transición puede convertirse en uno de los principales desafíos económicos de los próximos años.
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